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jueves, 14 de octubre de 2010

Buscando al Hada Saltarina

Entre todas las hadas del bosque Saltarina era la que estaba más ocupada. Gracias a ella se encendían las estrellas a la noche y los pichones perdidos volvían a sus nidos a la hora de dormir.

Las ranas de la laguna la miraban con envidia y a escondidas practicaban todas las piruetas que la veían hacer saltando y danzando por el aire.

Muchas flores se volvían más altas al verla pasar de tanto que se estiraban para contemplar cómo llevaba el polen de unas plantas a otras haciendo nacer a su alrededor pimpollos multicolores.

Hasta la lluvia esperaba que Saltarina tuviera tiempo de subir el sol para hacer surgir de la oscuridad un brillante arco iris al pie del cual, todos lo animales del bosque iban a pedir sus deseos.

Saltarina estaba siempre muy atareada y no se daba cuenta de la felicidad que dejaba a su paso, ni de lo importante que era para todos los habitantes del bosque.

A veces le dolían los pies de tanto andar en puntas y se iba a descansar a la orilla del arroyo. Se sacaba las zapatillas y metía los pies en el agua mientras los pececitos nadaban haciendo burbujas a su alrededor.

Mientras descansaba los peces la llamaban: ¡Saltarina! , pero ella no escuchaba porque se distraía contemplando las mariposas que volaban. ¡Qué bueno sería ir de un lado para el otro sin tener que saltar para llegar al cielo!, pensaba y se entristecía un poquito.

Si fuera mariposa, se decía, no tendría que andar esforzándome tanto y todos disfrutarían con tan solo verme pasar. En cambio yo, me esfuerzo todo el tiempo y nadie se da cuenta de mi presencia.

Y así, a pesar de que todos en el bosque la querían, el Hada Saltarina se sentía sola y estaba convencida de que nadie notaba todas las cosas buenas que hacía.

Un día, mientras ella descansaba en el arroyo, llegó al bosque un erizo. Tenía el cuerpo lleno de púas pinchudas. Era redondo como una pelota. Venía viajando de muy lejos y estaba muy cansado. El no tenía otra forma de andar que arrastrarse con sus patas cortas por el suelo y por más que levantara la mirada era muy difícil que viera algo más que las raíces de los árboles y las plantitas del borde del sendero.

Al llegar al bosque de Saltarina se sintió muy bien, porque todo estaba cuidado y ordenado. ¡Qué lindo lugar para hacer una siestita! , se dijo. Y sin pensarlo dos veces se durmió en el medio del camino.

Saltarina se alejó del arroyo mientras perseguía una mariposa de alas lilas con manchitas verdes que le había llamado mucho la atención. De golpe la mariposa se posó en una rama muy alta de un árbol y ella sin pensarlo dos veces, pegó un salto más alto aún, para verla de cerca:

¡Hola Mariposa , le dijo, bienvenida a mi bosque!

Pero al bajar, ¡qué dolor! Sus pies descalzos cayeron sobre el erizo que dormía plácidamente en el camino.

¡Ay! ¡Mis pobres pies! Lloraba Saltarina ¿Quién puso acá esta pelota pinchuda? ¿Qué hace este monstruo en mi bosque? ¿Cómo puede ser que lo hayan dejado entrar?

Saltarina lloraba y gritaba, gritaba y lloraba.

Tanto lloraba que el erizo se despertó de su profundo sueño y empezó a hablar en lenguaje de erizo, que era el único que sabía, diciendo:

¿Quién me pisó mientras dormía?

Saltarina indignada y enojada agarró al erizo a patadas para tratar de sacarlo del bosque. Pero más le pegaba y más se llenaban sus pies de púas afiladas.

El erizo, no sabía qué hacer para disculparse pero no podía dejar de pinchar, porque estaba en su naturaleza de erizo. Rodando, rodando se escondió debajo de una piedra y allí se quedó espiando lo que sucedía.

Saltarina tenía todos los pies lastimados y estaba muy enojada con los animales del bosque porque pensaba que ellos tenían la culpa de todo por haber invitado al erizo a visitarlos.

¡Cómo puede ser que nadie haya pensado que me podía pinchar!

Triste y dolorida se subió a un árbol muy alto y se quedó dormida.

Cuando se despertó, a la mañana, seguía muy enojada. Le dolían los pies pero no quería pedir ayuda a ninguno de los animales. Ya no podía saltar, de modo que, seguramente, a nadie le importaría nada de ella.

Me voy a quedar a vivir en el árbol y no voy a bajar nunca más, pensó mientras miraba cómo el día iba despertando a las flores que ya la estaban esperando para desayunar y cómo las mamás dejaban a sus pichones en el nido para ir a buscar comida sabiendo que Saltarina los iba a cuidar.

Al mediodía todos en el bosque se habían dado cuenta de que Saltarina no estaba por ninguna parte. Nadie sabía muy bien qué había pasado. Preocupados se organizaron en grupos para salir a buscarla:

¡Saltarina! ¿Dónde estás?, gritaban a coro. Pero no había respuesta.

Mientras tanto el erizo, que seguía escondido, no se animaba a salir para contar lo que había sucedido.

A la noche todo el bosque se había reunido en asamblea. Discutían y discutían pero no se ponían de acuerdo en nada. El conejo decía que si el Hada Saltarina no aparecía él podía saltar un poquito.

¡Qué vas a saltar vos!, le respondía la langosta, yo tengo patas más largas y soy más flaca.

Luego de muchas horas de discutir, llegaron a una sola conclusión: el bosque no sería el mismo sin ella y nadie podría reemplazarla. Entristecidos decidieron regresar a sus hogares y muchos se pusieron a llorar porque la querían mucho.

Justo en ese momento, el erizo decidió salir de su escondite:

- Perdón , dijo en lenguaje de erizo y todos se asustaron un poquito.

- Yo sé lo que le pasó al Hada Saltarina

Un ¡Ooooohhhhhh! de exclamación llenó todo el bosque.

- Todo es culpa mía. Estaba durmiendo en el camino y ella me pisó.

¡Ooooohhhhh! volvieron a decir todos los animales.

- Pero no fue con mala intención. Es que yo soy así. No lo puedo evitar.

Todos se pusieron a hablar al mismo tiempo. A cada uno se le ocurría una idea distinta. Algunos pensaban que Saltarina se había escondido, otros que se había ido para siempre..

Finalmente habló la lechuza que, como todos saben, es el animal más sabio de los animales del bosque:

- Si no está en el suelo, de seguro está en el cielo.

Ooooohhhhh!!!!! Volvieron a exclamar todos los animales al mismo tiempo.

- Si en el piso no aparece, una escalera se merece, terminó diciendo mientras giraba la cabeza en todas direcciones para que todos la escucharan bien.

Este es momento de aclarar a los lectores que en los bosques no hay escaleras y mucho menos en el bosque del Hada Saltarina en donde las escaleras no hacían falta para nada.

- Si cada uno se sube a hombros del otro en algún momento seremos altos como los saltos de Saltarina, propuso el zorro, acostumbrado a sortear dificultades para salirse con la suya.

Y así sucedió que luego de sacar a suertes a quien le tocaba ir arriba de quien, todos los animales se subieron uno arriba del otro hasta formar una tambaleante, pero altísima, torre de conejos y patos y ardillas y zorros y un montón de otras especies que vivían en el bosque.

La torre empezó a caminar por el bosque con la lechuza a la cabeza que gritaba:

¡Saltarina! ¡Saltarina! ¡Te extrañamos hasta en la cocina!

Escondida en su árbol el hada vio venir la torre movediza en donde todos los animales se esforzaban haciendo equilibrio para salir a buscarla. No pudo evitar la risa.

Se rió con una risa de campanitas que es la risa de las hadas, y que suena mucho más linda después de un enojo. La risa de Saltarina inundó el bosque y los animales, a pesar de que no la veían se dieron cuenta de que andaba por ahí.

También ellos se contagiaron de su risa y en segundos la torre se derrumbó por el suelo.

Tanto se río Saltarina que se olvidó del enojo y del dolor de pie.

De un salto se bajó del árbol y todos los animales aplaudieron al verla llegar. Algunos que la querían mucho la abrazaban y le daban besos. Ahora se daba cuenta de cuan importante era ella para su bosque y de lo tonta que había sido enojándose sin averiguar bien lo que pasaba.

Para festejar empezó a dar saltos por todo el bosque. Eran tan altos que sintió que casi volaba como las mariposas que tanto le gustaban.

En medio de la confusión el erizo siguió su camino. Había aprendido a mirar bien en dónde se quedaba dormido. De todas formas, se dijo, hay cosas que solo se aprenden cuando alguien nos pincha.

domingo, 4 de julio de 2010

Abrir los ojos

Fausto le tenía miedo a muchas cosas. Al agua, a los bichos, a la gente desconocida, a las personas mayores, al tobogán, a la hamaca, al triciclo y a los fideos con tuco que, según él, parecían gusanos.

Cuando en el verano su familia iba a pasar las vacaciones a la playa, su mamá lo quería llevar a jugar al mar, pero él se quedaba lejos, sentado bajo la sombrilla con remera y medias y zapatillas.

Como le tenía miedo al sol porque quemaba, se quedaba debajo de la sombrilla y no se movía de ahí hasta la hora de volver a su casa.

Tenía muchos juguetes de muchos colores, palas, moldes, baldes, rastrillos y otras cosas de gran utilidad para un chico que necesita divertirse en la playa y por eso había siempre otros nenes que querían jugar con él. Pero Fausto no quería saber nada. Le daba mucho miedo que le robaran un juguete o se lo rompieran.

Como casi no sabía hablar lloraba mucho y así todos se enteraban de las cosas que él no quería hacer.

Si le querían sacar los zapatos para que jugara en la arena, lloraba; si le tocaban un baldecito, lloraba; si el sol entraba por debajo de la sombrilla, lloraba.

Ya en su casa se sentía tranquilo porque podía jugar solo y tomar la leche con galletitas.

Fausto tenía una hermana que siempre andaba por ahí cantando y saltando, pero a él no le gustaba tener una hermana porque a veces la mamá le pedía que le prestara algún juguete y él tenía mucho miedo de que no se lo devolviera nunca más o de que se lo rompiera.

Margarita no entendía muy bien por qué su hermano estaba siempre tan triste o enojado, pero como era el único hermano que tenía andaba siempre buscándolo para jugar, aunque no fuera tan divertido.

Los dos dormían juntos en un cuarto con dos camitas separadas por una mesa de luz chiquita en la que la mamá había colocado uno de esos veladores que dan una luz pálida, debilucha para que uno lo pueda dejar encendido toda la noche.

Porque a lo que más miedo le tenía Fausto, era a la oscuridad.

Por esa razón la mamá lo dejaba dormir con la luz prendida.

De tanto estar con su hermano también Margarita se empezó a asustar cuando llegaba la noche y a pensar que, a lo mejor, algo terrible podía pasar si se apagaban todas las luces.

Por suerte, Margarita le contó todo a su abuela un día que fueron juntas a la plaza. Su abuela, a su vez, le confió un secreto. Gracias a ese secreto Margarita se sentía segura, porque sabía qué hacer si alguna vez se quedaba a oscuras en algún lugar.

Todos le tenemos miedo a la oscuridad, le había dicho la abuela Amelia, pero lo importante es saber esperar la claridad. Vas a ver que cuando todo está oscuro, aunque al principio te parece que no se ve nada, de a poco, la claridad que manda la luna se mete a través de la ventana .

Desde entonces, Margarita andaba tratando de quedarse a oscuras para ver qué pasaba, pero no podía porque ni bien llegaba la noche Fausto prendía la luz enseguida y no había manera de hacerlo cambiar de opinión.

Un noche se despertó sobresaltada escuchando llorar a Fausto que gritaba asustado: ¡La luz, la luz! ¡Mamá se apagó la luz!.

-Ya voy Fausto, le decía la mamá, esperá que se cortó la luz y no se ve nada. Estoy buscando una linterna.

Margarita abrió bien los ojos y se acordó de su secreto. Ahora la voy a ver se decía. Seguro que va a venir.

Como Fausto lloraba mucho Margarita lo agarró de la mano y le dijo:

-Quedate tranquilo y abrí los ojos que ahora en un ratito por esa ventana va a entrar la claridad, me lo dijo la abuela.

¡Buaaaa!, lloraba Fausto. ¡No quiero abrir los ojos! ¡ Tengo miedo! ¡Quiero la luz!

Margarita seguía viendo todo oscuro pero estaba tan emocionada esperando ver la famosa claridad, que se olvidó de tener miedo y por eso tenía los ojos bien abiertos.

De repente unos rayitos de luna empezaron a colarse por las rendijas de la persiana. Era como una neblina blanca. La lucecita comenzó a iluminar de a poco toda la habitación. Pudo ver la forma de las camas y darse cuenta de dónde estaba la puerta, y después la ventana y la cortina.

¡Mirá Fausto! ¡ Mirá la claridad!, le decía. Pero Fausto se negaba a abrir los ojos y pateaba cada vez más fuerte contra el suelo.

- ¡Mamá! ¡Vení¡

Margarita se levantó despacio y tratando de no llevarse nada por delante, llegó hasta la ventana y levantó la persiana un poco. Miles de rayos de luna salieron disparados por todos lados como si fueran fuegos artificiales.

Era verdad, pensó, ahí estaba finalmente la claridad.

En ese momento volvió la luz y la casa se llenó de un fogonazo de electricidad, porque de tanto intentar averiguar qué era lo que estaba pasando, sin querer, los papás habían dejado todas las luces prendidas.

Al fin Fausto abrió los ojos. ¿Volvió la luz? Preguntaba restregándose los ojos rojos de tanto llorar.

¿No la viste? le dijo Margarita.

¿Si no vi qué?, le preguntó mientras se acostaba asegurándose de dejar encendido el velador de noche.

-¡La claridad! Entró por todos lados. Toda la pieza se iluminó.

-¡Mentira! Sos una mentirosa. Lo que pasa es que vos me querés sacar el velador, pero es mío. ¡Mamá! ¡Margarita me quiere sacar el velador!

- Lo único que falta es que ahora se pongan a pelear ustedes dos. Margarita devolvele el velador a tu hermano, ¿No ves que es chiquito y tiene miedo pobre? . ¡Todo el mundo a dormir!

Al fin el silencio invadió la casa una vez más. En la habitación brillaba la luz amarilla del velador de Fausto.

En su cama Margarita cerró los ojos para dormirse, feliz de haber abierto los ojos en medio de la oscuridad.

jueves, 1 de julio de 2010

La guerra de las ciruelas

Una ciruela es una fruta bastante simpática.

No es lo mismo que nos digan que hay de postre “manzanas” o “naranjas” que “ciruelas”.

Las ciruelas son chiquitas, redondas, suavecitas y de un color rojito muy tentador.

Una ciruela puede calmar la sed en verano.

Puede reemplazar un caramelo.

Si está pasada sirve para hacer dulce.

Si se hierve, compota.

Eso lo sabe todo el mundo.

Lo que no todo el mundo sabe es que una ciruela, puede desatar una guerra.

Era verano. Como todos los años, viajábamos a Mar del Plata huyendo del calor de Buenos Aires y no regresábamos hasta marzo, fecha en la que empezaban las clases.

Durante todos esos meses de vida en una casa con jardín, la de mi abuela materna, y más vida en otra casa con más jardín , la de mi abuela paterna, yo no dejaba de hacer planes acerca de la posibilidad de dejar de vivir en un departamento oscuro y cerrado en medio de los ruidos del barrio de Caballito en Buenos Aires .

El cielo, el pasto, los caracoles, el olor de la mañana, el canto de algún gallo que se escuchaba de lejos.

- ¡Mamá! ¿por qué no podemos quedarnos a vivir acá? ¿Por qué no podemos tener una casa? , le decía yo con mis esperanzados ocho años. Y mi mamá, que era soñadora por naturaleza, se sentaba a soñar conmigo y a hacer planes acerca de una posible vida en Mar del Plata, que por supuesto nunca llegó.

Por la tarde solíamos visitar a mi abuela Amelia, la mamá de mi papá . Al contrario de lo que pasaba en la familia de mi mamá, la familia de mi papá estaba llena de tíos abuelos, primos, parientes lejanos y cercanos, esposas de tíos y amigas y amigos y vecinos. Y casi todas las veces que íbamos de visita estaban todos allí tomando un licorcito con poco alcohol y mucha fruta que preparaba mi tía Josefina. Era un licorcito de ciruela, de las ciruelas que daba un árbol enorme y generoso que había en el fondo del jardín.

El jardín tenía tres árboles que daban frutas.

Un manzano.

Un limonero.

Un ciruelo.

El manzano era chiquito y daba unas pocas manzanitas que en general disfrutaba mi abuela. El limonero, como todos los limoneros de buena cepa, daba muchos limones durante todo el año, que se repartían en forma equitativa entre todos los visitantes, por orden de importancia empezando por los parientes más cercanos hasta llegar a los amigos más lejanos.

Pero no pasaba lo mismo con el ciruelo.

De ninguna manera.

El ciruelo era algo especial.

Desde los primeros días de diciembre los invitados se acercaban al jardín para espiar disimuladamente, haciendo cálculos acerca de la cantidad de ciruelas que le tocaría a cada uno cuando llegara el momento del reparto. Todos nos dábamos cuenta, pero nadie decía nada, al menos en voz alta.

Como yo era chica , y nadie me prestaba atención, los escuchaba muchas veces comentar:

“ Mirá ahí va Leopoldo a contar las ciruelas que hay en el árbol.”

O también cosas como:

“Este año no va a pasar lo mismo que el año pasado en que la llorona de Emita se llevó las más dulces y grandes.”

O aún peor:

“Hay que ser amarrete para venir acá a llevarse las ciruelas pudiendo comprarlas en el mercado”

Y entonces yo sabía que la guerra ya estaba comenzando.

La primera señal era la aparición de las primeras y mejores en un plato que mi abuela ponía en el centro de la mesa del comedor. Al pasar y de modo distraído cada uno hacía sus comentarios:

¡Parece que este año el árbol está dando muy lindas ciruelas!

¡ Las del año pasado eran más rojas y grandes, claro que a mi me tocaron solo unas pocas !

o también:

¿ Ya empezaron a madurar las ciruelas ? Mirá vos, casi no me había dado cuenta.

Mientras, y aprovechando la guerra de miradas y sobreentendidos que empezaba a desatarse, yo agarraba la ciruela más grande del plato y con la complicidad de mi abuela iba hasta la cocina para lavarla en la pileta y comérmela sentada en un banquito que había, escondido al costado de una mesa con mantel verde de plástico.

Amelia, sonriendo me decía : ¿Viste que roja está por adentro ? ¿Está rica? Yo asentía con la cabeza , sabiendo que no debía hablar de más, porque esto era un secreto entre ella, la ciruela y yo.

Fue justo el verano en que cumplí ocho años, cosa de la que me acuerdo muy bien porque me habían cambiado del colegio del barrio a un colegio muy caro que quedaba en el centro y que me daba dolor de estómago con solo llegar a la puerta

Ese año el reparto de ciruelas había comenzado un poco antes de lo acostumbrado, quizás porque había menos en el árbol, quizás porque mi abuela quería evitar los problemas de siempre. ¡Pobre! Todavía la recuerdo armando bolsitas en la cocina, tratando de contentar a hijos, hermanos y otros parientes que se consideraban merecedores de las tan codiciadas frutas.

Siempre había alguno que no quedaba conforme.

Siempre había alguno que llegaba tarde.

Siempre alguno se quejaba.

Lo que nunca me hubiera imaginado era que ese año la descontenta iba a ser mi mamá.

La guerra se había desatado y la artillería se preparaba en mi casa.

- ¿Te fijaste que le estuvo pasando una bolsa a Leopoldo a escondidas? , le decía a mi papá mientras íbamos en el auto de vuelta a casa.

Mi papá, que era experto en ignorar las tormentas que desataba mi mamá por motivos domésticos le contestaba con su acostumbrado:

- Y bueno, Martita, no importa...son ciruelas nada más....

Terrible error que aumentaba el “efecto indignación” de mi mamá que comenzaba a sospechar una confabulación en su contra tramada entre mi papá , sus tíos y sus padres.

Fue llegar a la casa y que mi mamá se arrojara al teléfono, que era uno de esos negritos con el marcador redondo de agujeritos.

De todo le dijo a mi abuela. Menos linda, de todo.

Pero no terminó ahí la cosa, porque media hora más tarde llegaban mis abuelos con una enorme cesta de ciruelas destinada a hacer las paces con mi familia.

Mi hermano y yo mirábamos quietitos sentados en un sillón que había al lado de la ventana.

Atrás en un fitito azul llegaban también mis tíos Leopoldo y Beatriz. Y cuando ya todos se habían bajado de los autos y se dirigían a la puerta vimos llegar también a Emita y su marido.

Ellos afuera, nosotros adentro. Cada uno evaluaba sus armas y estrategias.

En la calle, los tíos convencían a mi abuela de lo innecesario de “desperdiciar” tantas ciruelas para hacer las paces con mi mamá.

En casa, mi mamá aseguraba que daría vuelta la cesta entera en la cabeza de mi abuelo Arturo.

Timbre.

No se bien qué pasó. Fue todo tan rápido.

Cuando llegué a la puerta , montones de ciruelas rodaban por ahí, o habían quedado aplastadas contra algo. Al parecer o mi mamá no tenía buena puntería, o mi abuelo era bueno esquivando.

Una vez las ciruelas en el suelo, ya no había botín de guerra.

¡Las ciruelas! , fue lo último que escuché gritar antes de entrar.

Todos se miraban, inmóviles, incapaces de reaccionar. Solo mi abuela con la cesta en las manos empezó a juntar las ciruelas caídas.

Mi hermano y yo la ayudamos sin que nadie nos lo pidiera.

¿Qué vamos a hacer con esto abuela?, le pregunté mientras depositaba algunas que habían quedado bastante abolladas.

- Dulce, me contestó. Y esta vez, espero que alcance para todos.

- ¿Te puedo ayudar? le dije.

- Claro que sí , me respondió, esta noche lo hacemos juntas.

Salieron como veinte frascos de dulce de ciruela. Todos quedaron contentos y pronto volvieron a compartir las tardes como si nada hubiera pasado.

Yo no me daba cuenta, pero ahora lo sé.

Ese día ella me enseñó a ganar las guerras, con armas de mujer.

sábado, 26 de junio de 2010

Cuentos de estacion II

CUENTO DE INVIERNO

Hacía mucho frío aquella mañana. Las cosas parecían de hielo y el sol, tímido, apenas brillaba allá alto, demasiado alto. Nicolás se puso los guantes y la bufanda y salió camino a la escuela como todos los días.

En la calle, casi desierta, una señora baldeaba la vereda y otros chicos como él, caminaban rápido, las espaldas cargadas y una monotonía solo interrumpida por las “burbujas” de humo de la respiración agitada.

Otra vez el mismo discurso del Director, siempre serio, bien parado. Realmente no era interesante ...

Una campana lo hizo levantar automáticamente su mochila y caminar, todavía dormido hasta el aula.

Mientras sacaba sus cosas, Alberto, un poco más despierto planeaba a gritos el campeonato de fútbol. Carlitos y César hablaban del último recital de rock. Parecía que nada nuevo iba a pasar hoy, ... que nunca iba a pasar nada nuevo. Y sin embargo todas las mañanas tenía esa misma ansiedad, el presentimiento de esperar algo que todavía no había sucedido.

Beatriz pasó lista y comenzó a hablar. Nicolás fijó su mirada en la lámina del espacio que colgaba al lado del pizarrón. Los meteoritos pasaban a toda velocidad entre los planetas. La luna, cada vez más cerca, era una enorme bola sin forma. Cada estrella fugaz lo encandilaba. No veía bien por donde iba. De repente una enorme nave apareció frente a sus ojos. ¡Se iba a estrellar! ¡Rin! ¡Rin!

El timbre del recreo lo volvió otra vez a la realidad.

- ¡La pelota! ¿Trajiste la pelota?! - gritaba Alberto entusiasmado. Por suerte nadie había notado su pequeño viaje al espacio exterior.

El partido lo despertó del todo, hasta le dio hambre y recordó que hoy tampoco había desayunado. Se comió el alfajor de la abuela y entró a clase.

Esta vez fue Marta la que empezó con su clase de matemática. Los números bailaban de una punta a la otra del pizarrón. Sumar, restar, sumar ... Nicolás ya se había sentado en su escritorio de banquero del oeste. Contaba dinero y daba órdenes a los empleados que corrían de una lado a otro. Por la ventana los indios se acercaban con cara de pocos amigos...

- Su prueba ¡Señor! - escuchó de pronto. La maestra lo miraba seria. El no entendía por qué , hasta que vio el terrible dos grande y en rojo al final de la hoja.

En ese momento se dio cuenta de que todos a su alrededor protestaban alborotados. Sólo unos pocos sonreían satisfechos. Se dio vuelta bruscamente, como si se hubiera acordado de algo, y buscó entre las caras de sus compañeros. Allá lejos , en el banco de la ventana estaba Tomás. Siempre sonriente. Para él estar en la escuela no era un problema. No solo se sacaba buenas notas sino que también le daba por ayudar al aburrido de Jorge que nunca entendía nada o borrar el pizarrón o escuchar con atención las largas explicaciones del profesor de historia. Debía ser un aburrido o un miedoso. Un aburrido, bien aburrido, se repetía Nicolás mientras guardaba el dos bien escondido dentro de la mochila.

La última hora era la de música. El himno al maestro. ¡Por Dios! ¡El día de hoy no pasará nunca!. Los dedos del profesor bailaban ágiles sobre el piano y la flauta ya se había convertido en micrófono. Ahora Nicolás cantaba rock frente a un gran público que lo aclamaba a gritos.

De golpe un terrible trueno lo sobresaltó. Una fuerte lluvia golpeaba las ventanas. Justo a la hora de salir y sin paraguas. Esto era el broche de oro del día.

El timbre sonó como siempre y todos se prepararon para irse. Cuando la puerta se abrió el aluvión de chicos inundó la calle. Entre los apretujones Nicolás logró llegar a la esquina. La lluvia cada vez más fuerte no lo dejaba ver. La mochila pesaba el doble. La ropa húmeda se le pegaba al cuerpo. De repente el suelo se movió bajo sus pies. Patinaba y patinaba sin poder frenar la caída. De golpe se dio cuenta de que no era el único. Tomás, que acababa de tropezarse con la mochila caída de Nicolás, se resbalaba igual que él. Sin poder mantener el equilibrio chocaron uno con el otro y terminaron en medio de un gran charco de barro.

-¡Pero qué tonto eres ! – protestó Nicolás

-El tonto eres tú, yo no me hubiera caído sino hubieras dejado esa mochila en el suelo! – replicó Tomás mientras se secaba las manos en el guardapolvo.

- Yo no “dejé la mochila”,... es evidente que se me cayó al suelo... – respondió Nicolás molesto.

-¡Qué raro! , ¿no?! ¿Es que nunca puedes hacer “nada” bien? – dijo Tomás refiriéndose a la fama de “chico revoltoso” de Nicolás.

-¿Y tú? ¿Qué? ¿Nunca te equivocas? ¿Eres perfecto? ¿eh? - lo desafió Nicolás mientras se acomodaba la ropa mojada.

-Por lo menos lo intento ...., aunque no sé si me gusta – contestó Tomás que ya había empezado a calmarse del enojo.

Nicolás se sorprendió. - Bueno, a mi tampoco me gusta ser “ el que trae las malas notas” – se sinceró Nicolás- pero cuando pienso en los deberes o en hacer las compras ... lo único que se me ocurre es encontrar una buena excusa para no hacerlos. Claro que eso me trae problemas en casa y en la escuela ... pero ... los prefiero. - Nicolás se frenó de golpe. Estaba hablando demás. ¿ Por qué estaba diciendo todo eso? Miró a Tomás esperando ver alguna mueca burlona, pero no fue así. Su compañero escuchaba con respeto, es más parecía estar esperando algo más Esto lo decidió a continuar:

- No es cierto que prefiero los problemas. Pero las cosas que pasan todos los días me aburren ... En cambio a vos parece que te gustan.

Tomás se sorprendió. Lo miró con lo grandes ojos grises. Nunca hubiera imaginado que el revoltoso este pudiera decir algo así . El que siempre lo había considerado un atropellado.

- ¿ A mi? No , a mi tampoco me gustan, solo que sé que es mejor hacer y después descansar ... A mi lo que sí me gustaría es que fuéramos amigos - sugirió Tomás casi con temor.

-¿ Tu amigo? repitió Nicolás. La propuesta lo dejó boquiabierto. Ser amigo del mejor alumno, él, que era un vago con diploma . Esto sí que era interesante. Nadie lo iba a poder creer. Después de todo no había sido tan mala la lluvia. Miró a Tomás y le sonrió.

-¿Por qué no? ¿A vos, te gusta el rock? – le dijo mientras cargaba la mochila, todavía mojada y empezaba a caminar junto a Tomás.

Ese día Nicolás comprendió que en la escuela había muchas cosas interesantes para descubrir.


Cuentos de estacion I

CUENTO DE OTOÑO

Don Otoño estaba muy enojado. Nadie lo había visto. ¡Nadie!.

La gente pasaba rápido, sin mirar, sin sorprenderse, como si nada hubiera cambiado.

Si llovía se arremolinaban los paraguas, si había viento las caras se escondían tras de las bufandas, pero los ojos siempre igual ... sin verlo !

Cuando Doña Pepa, la dueña del perrito de la otra cuadra, salió a pasear a la plaza como siempre, a Don Otoño le palpitó el corazón y se dijo:

- ¡Ahora si me van a ver!

Y echó a volar un torbellino de hojas secas a su alrededor.

- ¡ Qué viento! - dijo Doña Pepa sin pestañear.

Don Otoño estaba muy preocupado. No podía ser que este año nadie lo viera. El sabía que la gente cada día estaba más ocupada y hacía rato que veía como todos caminaban mirando el piso o con la vista fija en no se qué. Justamente desde hacía unos años había empezado a usar su estrategia del “torbellino de hojas” porque de este modo aún los más cabizbajos podían verlo.

Cansado se sentó a escuchar una conversación en la vereda

- ¿Viste las fotos del verano?

- Sí ...¡qué lástima que terminó!

- Por suerte ya vendrá el invierno y podré estrenar el abrigo de colores que me regalaste ...

Don Otoño no quiso escuchar más. ¡El invierno! ¡ El verano! ¡¿ Y yo?! , se decía un poco triste y un poco indignado.

Sin embargo, no se daba por vencido: le gritaba enojadísimo a la gente que miraba las vidrieras, les silbaba en el oído a los chicos que salían del colegio, les soplaba el sombrero a los jubilados, hacía flamear las banderas, ...¡ pero nada!

Nadie lo notaba, a nadie le importaba ya , que él estuviera allí.

- Estoy seguro de que si hiciera calor como en enero nadie me echaría de menos! ¡Ay! ¡Qué triste estoy! Suspiraba y suspiraba y mientras lo hacía las grandes bocanadas de aire hacían revolotear todo a su alrededor.

De repente, una vocecita lo llamó temerosa.

- Señor, señor ...

- ¿Qué pasa? - dijo Don Otoño sorprendido de que, por fin, alguien le hablara.

- Es que si sigue soplando así, no voy a poder juntar las hojitas para el jardín - le contestó Francisco.

- ¿Para el Jardín? - Don Otoño levantó la cabeza y vio las manitas de Francisco repletas de hojas amarillas de todos tamaños. Las apretaba muy fuerte para que el viento no se las llevara volando.

- No sé si Usted sabe, pero llegó el otoño y mi maestra nos pidió que viniéramos a juntar hojitas secas a la plaza. En mi salita tenemos un árbol requetegrande para pegarlas. Claro que ... – se detuvo sin saber si continuar hablando con un desconocido.

- ¿Qué...? - preguntó el Otoño tratando de no asustar a su nuevo amiguito.

-¡Que si sigue soplando así no voy a poder juntar ninguna! – protestó Francisco mientras acomodaba lo que había encontrado en una bolisita de colores.

Dándose cuenta de que, sin querer, estaba retando al Señor y mirando de nuevo las hojas le dijo:

-¡Y son tan lindas! ¿Usted las vio? ¡Mire! parecen de oro como el sol...Dice mi mamá que cuando pasa el verano , el sol, para descansar un poquito, se esconde en las hojitas de los árboles y por eso viene el otoño.

Don Otoño miró a Francisco y reconoció en sus ojos curiosos montones de preguntas escondidas. Sin hacer ruido lo ayudó a juntar las hojitas para el Jardín y luego lo llevó a pasear por la plaza: le mostró los nidos de los pajaritos, los charcos de la lluvia, las ramas de los árboles que ahora descansaban de tanto trabajar durante el verano y muchos, muchos otros secretos que el Otoño guarda solo para aquellos que se los quieran preguntar.

Antes de despedirse - porque ya era la hora de la leche - le regaló un secreto del que Francisco no se olvidó nunca, pero nunca más : “El que sabe mirar con atención encuentra las cosas que más desea el corazón”.