miércoles, 30 de junio de 2010

El cuento requetecortito

Era un cuento requetecortito.

Cortito, pero muy cortito.

Más cortito de lo cortito que es un cuento cortito.

Apenas pasaban cosas.

Lo había escrito un autor que estaba muy apurado y no tenía demasiado tiempo para andar haciendo largos diálogos o descripciones muy detalladas.

Un día mientras se tomaba un café.

Pero no un café doble.

Un cafecito.

Uno de esos que se toman al pasar, cuando uno tiene que irse a otro lado.

Se le había ocurrido y lo había escrito en una servilleta de papel, de esas que hay en los bares.

En una servilleta que también era chiquita.

Claro que en una servilleta no se puede escribir muy bien porque se mueve para todos lados y a veces la lapicera se traba y se hacen manchones de tinta o quedan pedacitos en blanco.

En el cuento los personajes hablaban muy poco.

Eran todos tímidos o estaban enojados.

¡Grrrr! decía el enojado.

¡Brrrr! decía uno con gorra roja que siempre tenía mucho frío.

¡Ajá! decía uno que sospechaba siempre de todo el mundo.

Ninguno tenía nombre largo. No se llamaban ni Maximiliano, ni Catalina, ni Godofredo.

Los nombres de los personajes no tenían más de tres letras. Ana, Eva, Lia, Ben, Teo y Rex.

A él le daba mucha vergüenza. Casi no tenía hojas. Era finito. Alguien le había hecho unos grandes dibujos y eso le había dado algo de altura.

Los chicos más chicos pasaban rápido las páginas y miraban los dibujos sin prestar demasiado atención a las palabras. Los más grandes decían siempre: ¿ya está? ¿se terminó? ¿y nada más?, o lo que era mucho peor

“No, ese no porque es tan cortito que ya me lo sé de memoria”.

Una tarde estaba esperando en el estante de una librería cuando vio entrar a una señora bajita de tapado verde.

Quiero un cuento corto, le dijo al vendedor.

No, ese no, es demasiado largo. Uno más corto por favor. Pero no, este tampoco va a servir, repetía haciendo muecas de insatisfacción.

Luego de haberle mostrado casi todos los libros que tenía, Braulio se encontró frente a frente con el cuento requetecortito. Dudó un instante pero como ya no le quedaban libros que mostrar decidió hacer el intento.

¡Es perfecto! gritaba la señora entusiasmada y daba pequeños saltitos de alegría.

Lo envolvieron muy bien y se lo llevó en un paquetito que por supuesto era muy liviano y fácil de transportar.

- Alfonso, mirá lo que te traje, anunció con alegría la señora al abrir la puerta.

- ¡Otro libro! Pero mamá, seguro que este también es largo y me voy a quedar dormido antes de que termine, protestó Alfonso, dejando escapar un bostezo.

- Probemos una vez más. Nunca vi un cuento tan cortito como este.

A la noche, después de que Alfonso se cepillara los dientes, se pusiera el pijama y se acostara, la mamá se sentó en el borde de la cama para leerle el cuento de antes de dormir.

Alfonso ya se restregaba los ojos pero tenía muchas ganas de escuchar un cuento entero.

La mamá le leyó el cuento mientras espiaba para controlar si Alfonso se quedaba dormido o no. Pero todo iba bien y ya faltaban muy pocas palabras.

“... y así termina la historia”, concluyó.

Por primera vez Alfonso pudo responder:

- Buenas Noches mamá, ¡qué lindo cuento!.

- Buenas Noches, dijo también el cuento requetecortito, antes de acurrucarse feliz entre los libros de la biblioteca.

Pero claro, Alfonso no lo escuchó, porque ya se había quedado dormido.

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